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Sanidad Farmacéutico/Médico

Negocio de servicios farmacéuticos

Descubra cómo una empresa de servicios farmacéuticos logró una mayor visibilidad de los recursos de su cartera, redujo los cuellos de botella y mejoró la entrega, acortando los plazos de entrega y aumentando la rentabilidad.

Ventajas de un vistazo

20%

mayores beneficios obtenidos

2.5%

aumento de la rentabilidad

Armonización de las inversiones en capital

- mejores decisiones en materia de equipos de análisis y desarrollo

Estabilidad urbanística

- La asignación de recursos pasó a ser previsible, en lugar de reactiva

De los cuellos de botella a los avances decisivos: cómo la visibilidad de los recursos transformó una cartera de servicios farmacéuticos

Para esta organización, el éxito dependía de una sola cosa: ofrecer innovación a las grandes empresas farmacéuticas en los plazos previstos. Al trabajar en el sector de los servicios farmacéuticos, se les pagaba por gestionar complejos programas de desarrollo para algunas de las empresas farmacéuticas más grandes del mundo. Su modelo de negocio era claro: se les pagaba por gestionar programas de desarrollo, proporcionando servicios de análisis y desarrollo de gran valor de los que dependían los gigantes farmacéuticos.

Por separado, sus proyectos parecían un éxito. Se respetaban los plazos, se superaban los hitos y se cumplían los objetivos. Pero, bajo la superficie, la cartera de proyectos se encontraba en crisis. Los recursos entraban en conflicto. Los proyectos restaban personal y equipos esenciales a otros proyectos. Los plazos de entrega se alargaban. Los niveles de servicio bajaban. Y la empresa estaba perdiendo eficiencia a pasos agigantados.

Como señaló un alto directivo: «Era el efecto sandía: desde fuera, todos los proyectos parecían ir bien, pero por dentro, la cartera en su conjunto estaba en números rojos».

El problema no era la incompetencia, sino la falta de visibilidad. Al carecer de una visión global de los recursos en el conjunto de proyectos y actividades, la organización no podía equilibrar prioridades contrapuestas, invertir de forma sensata ni crecer con confianza.

Se contrató a Oliver Wight para convertir la ceguera en visibilidad. Lo que siguió fue una transformación: se pasó de una gestión reactiva de los recursos a una visión prospectiva de la cartera.

El reto: cumplir con las expectativas de las grandes farmacéuticas bajo presión

La reputación de la organización se basaba en su capacidad para cumplir de forma fiable con algunas de las empresas farmacéuticas más grandes del mundo. Si los proyectos se retrasaban, los clientes no solo perdían la paciencia, sino que su propia cartera de proyectos se estancaba.

Los problemas eran graves:

  • Los recursos se desviaban continuamente de un proyecto a otro, lo que retrasaba el avance en la oferta de nuevas soluciones innovadoras
  • Los equipos de alto coste se veían afectados por cuellos de botella, sin que existiera un proceso para establecer prioridades
  • La incertidumbre sobre la demanda futura generó inestabilidad, lo que obligó a una reasignación constante
  • Los niveles de servicio bajaron, los plazos de entrega se alargaron y la confianza de los clientes se vio afectada
  • A la dirección le costó mucho decidir dónde invertir: en personal, en análisis de datos o en nuevos equipos

Un jefe de proyecto admitió en aquel momento: «Creíamos que teníamos todo bajo control, pero nos distraíamos constantemente. Otras prioridades nos quitaban recursos y los retrasos se fueron acumulando por todas partes».

El reto: el caos en la gestión de recursos, clave para el éxito de un proyecto

A primera vista, la empresa parecía funcionar bien. Los proyectos de los clientes alcanzaban sus hitos. Se completaban los entregables. Pero, más allá de las cifras, la realidad era otra:

  • Falta de visibilidad de la cartera: los proyectos se gestionaban de forma aislada, lo que impedía a la dirección tener una visión global de los recursos.
  • Prioridades contrapuestas: los proyectos urgentes desviaron recursos de otros.
  • La incertidumbre en cuanto a la demanda: los nuevos proyectos llegaban sin previo aviso, lo que ponía a prueba tanto al personal como al equipo.
  • Retrasos en el servicio: los clientes se vieron afectados por plazos de entrega más largos y una disminución de la calidad del servicio.
  • Puntos ciegos en materia de inversión: falta de un marco claro para la inversión en capital fijo o en análisis de datos.

Como explica Birgit Breitschuh, socia de Oliver Wight: «Aunque los proyectos individuales iban bien, el reto consistía en cómo distribuir los recursos en toda la cartera. Sin una visión global, siempre estaban reaccionando, nunca tenían el control».

Nuestro enfoque: del diagnóstico a la disciplina

Paso 1: Diagnóstico — poner de manifiesto los puntos ciegos

El diagnóstico fue contundente. La escasez de recursos no era algo puntual, sino sistémico. Cada vez que llegaba un nuevo proyecto, se desviaban personal y equipos de otros lugares, lo que provocaba retrasos en todos los proyectos.

Aunque los proyectos individuales pudieran parecer «sostenibles» sobre el papel, esto ocultaba una realidad más profunda: la cartera estaba al límite de su capacidad. Los retrasos se acumulaban, los niveles de servicio estaban bajando y la incertidumbre sobre la demanda futura hacía que los requisitos futuros fueran imposibles de prever.

Como señala Les Brookes, socio de Oliver Wight: «Hubo proyectos concretos que iban bien, pero que acabaron retrasándose porque los recursos se destinaron a otras áreas. Los constantes cambios y la incertidumbre en la demanda provocaron plazos de entrega más largos y un descenso en los niveles de servicio».

Birgit lo resume así: «Las carencias eran: la falta de visibilidad de los recursos necesarios para ejecutar todos los programas a tiempo, y el impacto de las necesidades futuras, aunque aún no estuvieran definidas».

Paso 2: Primer sprint — control de la construcción

Nuestra primera intervención fue práctica y urgente. La fase inicial permitió obtener una visión clara de las necesidades de recursos en todas las actividades, lo que permitió a los responsables ver, por primera vez, dónde estaban asignados los recursos y dónde se avecinaban conflictos.

No se trataba solo de personas. También se trataba de equipos de alto coste —herramientas de análisis y desarrollo cuya inversión era considerable, pero que con demasiada frecuencia se convertían en cuellos de botella—. Sin visibilidad, los proyectos se solapaban entre sí, desperdiciando activos costosos y retrasando la entrega a los clientes.

Además de la visibilidad, el sprint introdujo criterios de priorización: normas de decisión claras para asignar los recursos de forma justa y deliberada cuando la demanda se disparaba.

«Conseguimos dar visibilidad a todos los programas, tanto en lo que respecta al personal como a los recursos», explica Birgit. «Eso permitió a los responsables tomar decisiones sobre cuándo añadir recursos, cómo equilibrar las prioridades y cómo evitar que los proyectos se canibalizaran entre sí».

Paso 3: Asesoramiento y puesta en práctica (cuatro meses)

El equipo no solo diseñó el nuevo proceso, sino que se quedó para implantarlo. A lo largo de cuatro meses de asesoramiento, los responsables aprendieron a aplicar la nueva disciplina semana tras semana, lo que les permitió ganar confianza a la hora de tomar decisiones a nivel de cartera.

El efecto fue inmediato. Los retrasos en las entregas empezaron a reducirse. Los niveles de servicio mejoraron. Y, por primera vez, los responsables pudieron ver no solo dónde se estaban agotando los recursos, sino también dónde se podía liberar capacidad. Como señala Birgit: «El resultado fue una reducción de los plazos de entrega, el desarrollo de más iniciativas y la liberación de recursos para su propia innovación interna».

En otras palabras, la estabilidad no solo mejoró la prestación de servicios a los clientes, sino que también dejó margen para las propias prioridades de I+D de la organización, que durante mucho tiempo se habían visto relegadas a un segundo plano para hacer frente a las emergencias.

Paso 4: Segunda fase de participación: desarrollar la visión de futuro

Una vez dominados los aspectos básicos, la segunda fase se centró en el futuro. Ahora que la organización tenía una visión clara de los programas en curso, la pregunta era: ¿en qué deberíamos invertir a continuación?

Oliver Wight ayudó a la dirección a anticipar los requisitos futuros de la cartera, alineando la planificación de recursos con las decisiones de inversión estratégicas. ¿Deberían invertir en análisis de datos? ¿En recursos de desarrollo? ¿En equipos de alto coste? Al tener una visión clara de la demanda y la capacidad, estas decisiones pudieron finalmente tomarse de forma proactiva, en lugar de reactiva.

«También se trataba de decidir dónde invertir —en análisis, en recursos de desarrollo o en activos— y de coordinar el gasto en capital con la gestión de la plantilla», afirma Birgit.

Esta fase aportó a la empresa algo que nunca antes había tenido: la confianza necesaria para crecer de forma estratégica, contando con el personal y el equipamiento adecuados antes de que surgiera la demanda.

Conclusiones principales: De la metodología al significado™

El problema no eran los datos, sino los comportamientos. Los responsables se centraban en optimizar sus propios proyectos, no la cartera en su conjunto. El éxito se medía de forma aislada, no de manera global. El resultado era previsible: los proyectos parecían ir bien, pero la cartera en su conjunto sufría retrasos, era ineficiente e inestable.

El nuevo proceso cambió esa situación. Al crear transparencia entre los distintos programas, la gente se vio obligada a afrontar la realidad y a tomar decisiones conscientes. Como señaló un directivo: «Nos dimos cuenta de que nuestro problema no era que los proyectos salieran mal, sino que hacíamos demasiados bien, a costa de todo lo demás».

Este fue el paso de «Method» a «Meaning™». La gestión de recursos dejó de ser solo una cuestión de planificación. Se convirtió en una disciplina compartida que vinculaba el éxito operativo con el crecimiento empresarial.

El camino recorrido: de la lucha contra incendios a la previsión

La transformación no se produjo de la noche a la mañana. Se llevó a cabo mediante una serie de pasos deliberados, cada uno de los cuales se basaba en el anterior para hacer que la organización pasara de un caos reactivo a una visión de futuro segura.

Un esfuerzo a corto plazo: generar estabilidad

El primer sprint proporcionó a los responsables algo que nunca antes habían tenido: una visibilidad real de los recursos en toda la cartera. De repente, pudieron ver qué proyectos competían por el mismo personal y equipo, dónde se producirían los cuellos de botella y cuáles serían las repercusiones. En el caso de los activos de alto coste —máquinas de análisis avanzado y kits de desarrollo—, esta visibilidad era fundamental. En lugar de que los proyectos se pisaran unos a otros y desperdiciaran capacidad, se pudieron planificar y priorizar de forma consciente. La visibilidad de la cartera estabilizó el ecosistema casi de inmediato.

Orientación y integración: fomentar la confianza

El siguiente paso consistió en afianzar la nueva disciplina. A lo largo de cuatro meses de asesoramiento, trabajamos con los directivos para integrar ciclos semanales y mensuales de revisión y ajuste. Estas reuniones crearon un ritmo y una estructura: en lugar de dedicarse a apagar incendios a diario, los líderes se reunían periódicamente para tomar decisiones a nivel de cartera. Esto no solo generó confianza, sino que también modificó los comportamientos. Las decisiones ya no se centraban en proteger proyectos individuales, sino en equilibrar las necesidades de toda la cartera. Los líderes comenzaron a actuar con visión de futuro, y no por miedo.

Crecimiento a largo plazo: planificar el futuro

Una vez alcanzada la estabilidad, la organización pudo por fin mirar hacia el futuro. La segunda fase se centró en la previsión: la visibilidad de las necesidades futuras de la cartera y la alineación de las inversiones en personal y capacidades, análisis y equipamiento. La dirección pudo entonces tomar decisiones proactivas sobre el gasto de capital y la estrategia de personal, asegurándose de que los recursos estuvieran disponibles antes de que surgiera la demanda. Esto dotó a la empresa de la capacidad de crecer de forma sostenible, de asumir más proyectos sin sobrecargar el sistema y de crecer de forma rentable con confianza.

Birgit señala: «Se trataba de establecer criterios de priorización, garantizar la visibilidad de los recursos y gestionar la incertidumbre. En cuanto los responsables pudieron tener una visión global de la situación, dejaron de apagar incendios y empezaron a planificar».

Resultados y ventajas: Logros inmediatos, impacto duradero

Los resultados fueron tangibles y significativos:

  • Aumento de la eficiencia: se optimizaron los recursos en todos los proyectos.
  • Mejoró la puntualidad en las entregas: aumentaron los niveles de servicio y la satisfacción de los clientes.
  • Un 20 % más de proyectos entregados: con los mismos recursos, la capacidad se ha ampliado considerablemente.
  • La rentabilidad aumentó entre un 2 % y un 2,5 %: la mejora de la eficiencia se tradujo directamente en un aumento de los beneficios.
  • Plazos de entrega más cortos: los tiempos de desarrollo se han reducido en varios meses, lo que acorta el tiempo de comercialización.
  • Optimización de la inversión en capital: mejores decisiones sobre equipos de análisis y desarrollo.
  • Estabilidad en la planificación: la asignación de recursos pasó a ser previsible, en lugar de reactiva.

Un alto directivo describió este cambio cultural: «Antes estábamos ciegos. Ahora lo vemos todo con claridad. Podemos crecer sin quebrarnos».

Más allá del proceso: por qué era importante

Para la organización, el verdadero avance no consistió solo en resolver los retrasos actuales, sino en crear una capacidad para el futuro.

Al integrar la visibilidad de la futura oferta de la cartera de servicios y la gestión rigurosa de los recursos, los líderes adquirieron la confianza necesaria para mirar hacia el futuro —no solo al próximo proyecto, sino a la configuración futura de la empresa—. Con una visión clara de la demanda prevista, pudieron armonizar la estrategia de inversión en activos fijos y la de personal, invirtiendo en los análisis, los equipos de desarrollo y el personal adecuados en el momento oportuno. Las decisiones que antes eran reactivas pasaron a ser deliberadas, estratégicas y orientadas al crecimiento.

El impacto fue considerable. Con los mismos recursos, la empresa pudo entregar hasta un 20 % más de proyectos, lo que aumentó la eficiencia, redujo los plazos de entrega y mejoró los niveles de servicio en todos los ámbitos. La rentabilidad aumentó entre un 2 % y un 2,5 %, lo que generó un margen financiero y reforzó la confianza de los clientes. Además, avanzaron con éxito en su propia cartera de proyectos de innovación.

«En cuanto los responsables pudieron ver el panorama general, dejaron de apagar incendios y empezaron a planificar», afirma Les.

No se trataba solo de una mejora operativa. Se trataba de una capacidad estratégica: la capacidad de asumir más trabajo, atender a más clientes y crecer de forma rentable sin sobrecargar el sistema.

De la extinción de incendios a la previsión.

De las soluciones a corto plazo al crecimiento a largo plazo.

Desde los cuellos de botella en los recursos hasta el control de la cartera.

En resumen: una plataforma para una expansión rentable y sostenible en uno de los sectores más exigentes del mundo.

Nuestro enfoque

No nos limitamos a implementar procesos, sino que les damos sentido. Nuestro enfoque parte de la ambición, pero reconoce que el cambio real solo se produce cuando las personas están alineadas, comprometidas y capacitadas para liderarlo.
 

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